La reflexión que no se llevó el viento
- 29 sept 2025
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 30 sept 2025
Quien te quiera, te va a querer porque estás en el mundo. Quien no te quiera, no te va a querer ni aunque reconstruyas Tara ladrillo a ladrillo.

Hay quien piensa que los autores de un género comercial, sobre todo uno dirigido a un público femenino para su mero entretenimiento, no reflexionamos. Craso error. Una de mis obligaciones como escritora es buscar constantemente debates estimulantes sobre el amor, las relaciones y la idiosincrasia de los sexos en general para desarrollar temas de interés en las novelas. A veces me apetece más leerme un ensayo sobre el ateísmo de Bertrand Russell y a veces me apetece más una comedia chorra de vampiros de Christopher Moore, pero para darle una dimensión psicológica y una cierta profundidad a lo que me apetezca contar en mi próxima comedia romántica, tengo que priorizar una lectura, una película o un álbum musical de corte romántico. Sin ir muy lejos, el otro día me apetecía ver el Spiderman de Tobey Maguire y al final me puse Lo que el viento se llevó.
Justo después de deleitarme con esta brillante adaptación cinematográfica, me asomé a Amazon para adquirir la obra original de Margaret Mitchell —que nadie se altere, ¿eh? Volví a mis cabales enseguida y me comprometí a comprársela al librero de mi barrio— y vi una furiosa reseña que suscribí completamente, como suscribo todo lo que contenga vehemencias subjetivas incluso si estoy en rotundo desacuerdo. Decía algo del palo de: «La gente se cree que esto es una historia de amor, y no, miraquetediga. Esto es un retrato fiel de la Guerra de Secesión».
No voy a entrar en las consideraciones obvias, que es que un libro puede ser y pretender lo que le dé la gana —muchas cosas y no una sola, por ejemplo—, y me voy a limitar a llevarle la contraria a pesar de estar conforme, contrasentido que ya venís viendo que es una cosa muy mía: Lo que el viento se llevó ES una historia de amor. Y aparte de eso, es uno de los mejores retratos en formato literario que se le han hecho a este volátil sentimiento.
Lo cierto es que no soy de releer ni de rever. Me abruma la inabarcable inmensidad de obras de arte que escaparán a mi conocimiento si no antepongo lo desconocido a mis piezas preferidas. Pero sí he de reconocer que es durante las relecturas y revisionados cuando ocurre el milagro del arte: dependiendo de tu estado de ánimo y de lo que te esté preocupando, te quedarás con un aspecto de la película y no otro. De pequeña yo veía los vaporosos vestidos de Scarlett O'Hara, de adolescente me volvía loca con el carisma de Rhett Butler y en plena obsesión con la historia de los Estados Unidos me centraba exclusivamente en las referencias bélicas. Ahora me he maravillado con la complejidad de las relaciones que va forjando la protagonista y he podido sacar conclusiones al respecto que sí, me han cambiado la vida.
No exagero. El cine tiene ese poder sobre mí.
Para quien no lo sepa, Scarlett O'Hara es un bellezón sureño que trae de cabeza a todos los señoritos en edad de amar de la región. Lo malo es que todo lo que tiene de guapa lo tiene de caprichosa, así que no es de extrañar que se encoñe del único tipo que la ignora, don Ashley Wilkes —un Leslie Howard de cuarenta y tres palos, mind you. Esto es lo que te viene a describir el resumen de la película, un resumen que, huelga decir, me parece injusto además de equívoco. En primer lugar, lo caprichoso es el amor en sí mismo. A nadie debería extrañarle que aterrice en un sujeto aleatorio y por las razones más peregrinas. Y en segundo lugar, es que las razones no son peregrinas en absoluto. Scarlett conoce a Ashley desde que era una cría y, por lo que sabemos, había tenido razones para pensar que él la correspondía.
(Claro que el amor no depende de la correspondencia para subsistir, pero eso es otro tema).
Sobre la situación Scarlett-Ashley voy a abrir un melón que podría contradecir las intenciones de su propia creadora, y es que hubo amor sincero entre los dos. Lo que pasa con este sentimiento que se vende como genuino es que no lo es, nunca está libre de accesorios. En el caso de Scarlett, el cariño está manchado de obsesión platónica, y en el caso de Ashley, de una especie de cobardía que siendo generosos podríamos interpretar como prudencia. En ella se dan los dos milagros: el afecto y la voluntad de hacer algo al respecto. En él solo uno: el afecto, porque su voluntad es priorizar una vida de entendimiento mutuo y serenidad que la señorita O'Hara solo le habría concedido una vez muerta.
Ella es como es. No os la tengo que describir.
Sé que Scarlett amó a Ashley pese a su revelación final —una revelación sloppy como poco— porque entiendo el amor como una experiencia transformadora y es indudable que la pasión por él la convierte en una mujer. Es decir; si en Scarlett no hubiera habido una férrea determinación a salir adelante, no lo habría conseguido ni poniendo a Wilkes como primera motivación, por lo que la gloria y el orgullo están en ella y se dan gracias a su único esfuerzo. Pero no vamos a negar que él la impulsara de manera indirecta de principio a fin.
La primera vez que aparece en escena, nuestra protagonista es un colmo de egocentrismo insoportable, en parte también por la edad y las favorables circunstancias de su nacimiento. Conforme avanza la película, en cambio, la vemos llevar a cabo actos propios de heroína de Marvel solo para asegurarse de que su hombre sobrevive y/o es feliz. ¿Y qué es el amor, sino esa generosidad? Al mismo tiempo, amar a alguien nos hace ciegamente egoístas, ¿y no queda eso plasmado en todas las veces que ella le sugiere fugarse juntos, que lo aborda sin piedad en el momento más insospechado para declararle su fervorosa pasión?
Os estaréis preguntando a dónde quiero llegar con esta apología a Ashley Wilkes. «¡Tanto hablar del lacio ese, que es un lacio, un tibio, un coñazotío!». Tampoco predico con la mala fama que se le da a este caballero de la cabeza a los pies, porque eso es lo que es; un hombre íntegro, consciente de sí mismo y serio (inserte suspiro enamorado). Pero querréis saber dónde está el plato fuerte, la sensación del bloque, la estrella de la noche, Rhett Butler; qué lugar va a ocupar en esta narración.
Pues la conclusión a la que he llegado después de rever esta película es muy sencilla.
Scarlett dedica casi cuatro horas de largometraje a intentar que Ashley la elija, porque ya hemos quedado en que quererla, la quiere. Escoge sus vestidos con meticulosidad para destacar sobre las demás, echa por tierra a Melanie Hamilton, su prometida, y viendo que esto no funciona se lanza a cuidar de ella durante la guerra. Por favor, ¡si hasta la ayuda a traer al mundo al único hijo que tendrá el amor de su vida!
Y, sin embargo, Wilkes nunca se plantea quedarse con ella. Nunca le da su amor.
Asimismo, Scarlett dedica casi cuatro horas de largometraje a ganarse el desprecio de Rhett. Lo llama de todo menos bonito, intenta manipularlo, se debate entre sus brazos con desdén cuando trata de besarla; le dice a la cara que nunca lo amará y no oculta que está enamorada de otro durante su tormentoso matrimonio.
(Qué tía, ¿eh?).
Y, sin embargo, Rhett nunca deja de quererla. La abandona solo tras un evento tan traumático como solo puede serlo perder a un hijo, loco de celos y en plena enajenación mental. Y por más que se largue, todas aquí sabemos que lo hace adorándola a su pesar (en lo personal, estoy firmemente convencida de que acaban juntos de nuevo).
No voy a arrancar a hablar sobre la predestinación, las almas gemelas o el hecho flagrante de que Scarlett y Rhett son, como gusto de decir, Dos Patas Pa' Un Banco. A lo que voy es a que Ashley la tiene enfrente toda una vida, domando su carácter de temer para complacerlo, y eso jamás es suficiente para elegirla. Rhett la ve subir por unas escaleras —mientras ella lo pone a caer de un burro, por cierto— y luego la oye declarar sus fervorosos sentimientos por Wilkes —y después le pone a él a caer de un burro, por cierto— y no necesita más para saber que la quiere. No negaremos que al principio su amor estuviera eclipsado por el accesorio de la persecución obsesiva; Butler es un casanova y encuentra irresistible que se le resista.
Pero la quiere. Y, lo que es más, hace algo al respecto. Afecto y voluntad, amigas mías; el verdadero combo perfecto.
(Inciso para aclarar que no pretendo ensalzar las relaciones tóxicas. Si me meto a diseccionar el matrimonio de estos dos energúmenos, sí que no acabo).
Al plantear esta dicotomía en su novela —o triángulo amoroso, si gustáis—, Margaret estaba resumiendo la naturaleza del amor a su más sincera y a veces cruel expresión. Quien te quiera, te va a querer porque estás en el mundo. Quien no te quiera, no te va a querer ni aunque reconstruyas Tara ladrillo a ladrillo. Dos personas pueden saber que eres caprichosa, egocéntrica y tienes un puntito de perversa; dos personas pueden saber que eres determinada, fuerte y valiente como tú sola. Ni el que te ama está cegado por la fascinación ni el que no te ama es tonto. Ambos reconocen tu valor y tus defectos. Pero a un tipo ese mundo que tú eres le conmueve y quiere vivir en él, y al otro le importa un carajo.
O a lo mejor sí le importa, pero es Ashley Wilkes y preferiría que no le tocasen las pelotas. Como me dijo una amiga, el amor no es para tibios. Hay que estar dispuesto a pelearse.
Os resultará la mar de curioso que de la historia de Scarlett haya extraído yo lo contrario de lo que vende: lucha. Lucha por lo que quieres. Lucha por aquello en lo que creas y nunca te rindas. Si ese es el mensaje de la superficie, yo me quedo con el mensaje que subyace. No te esfuerces nunca por un hombre. No persigas nunca un amor. El amor no es algo que tengas que merecerte, porque todos nos lo merecemos sin excepción. Es algo que simplemente está.
Cuando esté, no lo sometas a pruebas ni lo pongas en duda. Y cuando no esté, no estés tú tampoco.




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